Por estas calles.


Los 16mil  asesinatos en Venezuela del 2012 implicaron 44 muertos diarios, lo cual nos lleva a deducir que durante esta semana postelectoral se deben haber asesinado a 352 personas más. Dejémoslo en un tercio, unos 115 más o menos, para no ser tan severos con la ineptitud de Maduro, o si queremos ser más benévolos entonces hablemos de 80, o 60,  que ya son muchísimos, y que desgraciadamente no cuentan en las luchas por la libertad, porque se derivan de la acción criminal y no de la acción represora de las fuerzas armadas y paramilitares que se llevaron un gentío por delante en Túnez o Egipto, y que se siguen llevando al otro lado del barrio a los militantes de la libertad de Siria y Barhain.

Occidente tolera los muertos de esos países a cuenta de alianzas con Rusia y China, o por ser esas dictaduras unos magníficos clientes de armamentos, o unos “confiables” proveedores de petróleo; por ello, no es realista esperar que ese mismo Occidente, dados los contratos de venta de fragatas españolas a Venezuela, o el petróleo que ésta le vende a los EEUU, vaya a desconocer a Maduro, a cuenta de una elección fraudulenta.

Las víctimas de las revueltas victoriosas en Túnez y en Egipto se estiman en 300 y 800 respectivamente, que son “pocas” comparadas con los muertos de varias semanas de acción criminal criolla. En Siria, nuestros malandros deberían actuar unos 5 años para producir las 70mil víctimas que lleva el “hermano Assad” (Chávez dixit), quien sigue en el poder gracias en parte a los suministros “particulares” del régimen de Maduro, que le permiten intercambiarlos en el “mercado” por otros artefactos de guerra.

Dentro de lo horroroso y nauseabundo que resulta hablar de esto, hay que hacer un esfuerzo de serenidad al anticipar que la fría Historia no dirá que los muertos a manos de los atracadores de nuestros barrios y urbanizaciones habrán libertado al país de la barbarie castrochavista, ahora castromadurista, aunque sí describirá a los muertos mediterráneos, civiles que combatieron en sus calles contra las balas de sus dictaduras, como mártires liberadores que lograron extirpar la tiranía de Túnez y Egipto, como seguramente también ocurrirá en Siria y muchos otros lugares.

Instigar una masa a manifestarse, si no hay peligro, no tiene mérito alguno, y generalmente no conduce a nada; como muestra tenemos las manifestaciones en países europeos, luego de las cuales los gobernantes siguen actuando como si nada, especialmente si tienen mayoría absoluta en el parlamento. Pero instruir un pueblo a manifestarse cuando sí hay peligro plantea serios problemas éticos, porque el pueblo que salió a defender el triunfo de Capriles, enviado oportunamente de vuelta a casa, iba a una matazón segura -cuya cifra sería similar al de los asesinados diariamente en esas mismas calles- al haberse enfrentado indefensamente a los militares y paramilitares de Maduro, quien de antemano y aupado por Ramiro Valdés, el  virrey cubano destacado por Castro en Venezuela, había declarado su voluntad para reprimir a quienes se atreviesen a denunciar la burla electoral.

Pero aceptando lo anterior, de seguir como vamos, el escenario de que el pueblo coja la calle será inevitable; y la violencia con que ello ocurra, o a la obediencia hacia quienes intenten moderar esa explosión, dependerá no solamente del grado de abuso del régimen, unido a la pobreza, la escasez de alimentos y empleo decente, o la inseguridad personal, sino también de la credibilidad y liderazgo de la oposición.

Cuidado pues unos y otros, con creerse tan poderosos como para poder detener a todo un pueblo con una simple orden; porque si éste termina desconectándose de Maduro y no percibe la fortaleza indispensable en la oposición, pues se llevará todo lo que se consiga por delante sin que haya plomo que lo impida. En todo el mundo eso está a la vista, incluso a través del cine, desde la cinta Gandhi, que muestra como gente de paz se dejaba apalear y matar hasta sacudirse el dominio británico, hasta el film Botha! que cuenta la represión en Pretoria, durante los tiempos más duros del Apartheid del régimen en Sudáfrica, donde un pueblo no tan estoico se dejaba matar por la policía mientras manifestaba. Ojo pues, máxime si tomamos en cuenta que quienes durante un par de noches tomaron las calles contra Maduro, lo hicieron dentro de un indudable vacío programático, producto de los pocos días que duró la campaña electoral; esto es, la gente salió a defender a Capriles sin saber exactamente por qué, por lo que esa explosión social, controlada oportunamente, era relativamente ciega.

La ineptitud de Maduro para comprender la complejidad de un estado moderno, (re)confirmada al ver que los nombramientos de su tren ministerial reciclan a fracasados e incapaces de gestionar a las empresas y asuntos públicos con criterios gerenciales básicos, causará más temprano que tarde una importante desconexión popular, porque el régimen no sabrá enfrentarse a la crisis financiera venidera al no disponer a través de PDVSA del dinero que constituye la base de las dádivas del régimen, y por ello su andamiaje de apoyo popular. Esas realidades están ya presentes, y solo se resolverían con programas de austeridad extrema y con el aumento de los precios de la gasolina,  medidas que así, en frío y sin anestesia causarán un impacto letal en la popularidad de Maduro, que deberá recurrir a la represión pura y dura, como lo hizo Castro cuando se le acabó la vividera de la URSS.

Y si una mitad del país piensa que el mandato de Maduro (y los Castro) es ilegítimo de origen, y la otra mitad comienza a pasar verdadera necesidad ¿Quién será capaz de parar la explosión social en un país donde el mismo usurpador no está dispuesto ni a dialogar ni mucho menos ceder en nada?

Esto incrementa inmensamente la responsabilidad de la oposición en su deber para orientar serenamente y acompañar siempre al bravo pueblo por estas calles, donde la cultura de la muerte del régimen es inquilina permanente.

Atentos pues,  a no dejarse arrollar por los acontecimientos.

Hermann Alvino

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