Maduro puede perder


Cuando Carlos Andrés Pérez terminó su primer período el país era ya otro, puesto que él, junto a sus más conspicuos colaboradores -varios ministros y uno que otro gobernador que anda aún por allí…- no solo despedazaron el orden que había en la Administración Pública sino que consolidaron la corrupción moderna en Venezuela. A partir de ese gobierno nada sería igual en el alma venezolana, que descubrió que a costa de la riqueza petrolera uno se podía enriquecer sin prácticamente hacer nada, y al margen de las infinitas variantes de esta forma de hacer dinero -que pueden ser motivo para contar muchas otras historias- lo fundamental es que esa tendencia nunca llegó a combatirse seriamente, mucho  menos a revertirse. Pérez nunca imaginaría que diez años más tarde esas desgracias que le causó a la nación le servirían para obtener la reelección presidencial con los votos de las clases populares -con eso de que con él iba a haber “real”…- y naturalmente con los votos y pleno apoyo de las fuerzas fácticas de esos tiempos, arropadas por el cinismo de gran parte de una clase media acostumbrada a hacer sus compras en Miami o Margarita. Pérez tampoco podía predecir que esos mismos venezolanos elegirían previamente a su segundo mandato a un inepto borrachín que le abriría las puertas de la reelección con sus frivolidades y simpatía personal, oscurecida por una corrupción que, al igual que la del primer período CAP, tendría como protagonista estelar a la dueña del respectivo “segundo frente”, y que nos empozaría definitivamente en un lodazal que ya comenzaba también a salpicar con manchas indelebles a las fuerzas armadas, dándole además picotazos a su imagen y dignidad: aun muchos podemos recordar esa lesión que afectó a un general del ejército mientras bailaba un tamunangue…cual historia tragicómica que iba de la mano de la presencia de la amante presidencial vestida con uniforme militar en sus andanzas proselitistas.

Pérez tampoco habría imaginado que alguien intentaría tumbarlo, porque de haberlo hecho, ese pensamiento sería inmediatamente apartado por su megalomanía sustentada en la mitomanía que siempre lo caracterizó, ni que lo habrían destituido de la Presidencia unos cuantos políticos fracasados que llevaban décadas esperando su momento; una destitución que se basó en una supuesta malversación con Nicaragua de 200 mil dólares, que fueron unas cuatro lochas comparadas con lo que se robaron en su primer período, con lo que costó medio reconstruir el caos que dejó entonces, con lo que se robaron durante los años que duró su segundo mandato, y con lo absurdo que representa para el imaginario de un ser humano las cantidades que en materia de deuda externa se generaron mientras este personaje decidía el mal destino de todos sus paisanos.

CAP nunca lo vio venir, pero sus justicieros tampoco vieron volar las calamidades que saltaron de esa caja que destaparon utilizando mecanismos legales más que cuestionables. Ellos tampoco sabían que en ese momento se transformarían en tontos útiles por acción y por omisión de lo que vendría más adelante: la elección de un presidente senil y revanchista, arropado por una izquierda fragmentada pero igualmente muy sedienta en meterle la mano al Estado, que fue cómplice del perdón presidencial hacia los golpistas, para que éstos se pudiesen organizar para poner de espaldas a la pared a esos demócratas decadentes y ganarles las elecciones siguientes, cosa que  hicieron recurriendo a las mismas clases populares y sectores importantísimos de la clase media que habían elegido en el pasado a ese rosario de ineptos.

Parece una historia increíble y fantasiosa, pero que representa a media Latinoamérica y parte de Europa, porque esta incapacidad popular para elegir a gente sensata y apartar del poder a delincuentes e ineptos, ya se había consolidado como un patrón durante las segunda mitad del siglo pasado. En efecto, y sin irnos tan atrás, vemos como actualmente ello ocurre en Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, o Nicaragua; y si deseamos irnos a países supuestamente “serios” que han sido una fundamental referencia migratoria para Venezuela, se pueden apreciar las tonterías que comenten los electores italianos, españoles o portugueses al darle la confianza a payasos, ineptos, o corruptos. Y claro, si queremos completar el cuadro debemos referirnos a EEUU, ejemplo de ignorancia colectiva al haber elegido durante dos períodos a George Bush.

Con este marco histórico no debe sorprendernos en absoluto que algún día a Chávez se le convierta oficialmente en santo -siendo lo peor de esto último que él ya lo es de facto para varios millones de compatriotas adictos a la santería, a la nigromancia y vaya Usted a saber a cuales otras variantes de sincretismo religioso-  o que Maduro ande con la historia del pajarito…

Ojalá que el verdadero problema electoral fuese el ventajismo, que lo es, muy grave, y que hasta puede ser decisivo. Pero ojalá fuese solo eso, porque se le combatiría con la presencia en las mesas, y con el reclamo en la calle -si es que hubiese un fraude descarado y decisorio- como se hace en cualquier parte del planeta, donde la gente ha sido -y es- capaz de ponerse frente a un tanque del ejército sin hacerle el más mínimo caso a las amenazas del respectivo Ministro de la Defensa para estallar y llevarse todo lo que se consigue por delante hasta que se escuche su reclamo y se repongan las cosas en su lugar.

Ojalá fuese ese el problema, porque el verdadero entuerto que hay que resolver es la barrera que se han autoimpuesto millones de compatriotas al no desear ver las cosas tal y como, son para así reconocer que han sido unos irresponsables en haber elegido a tanto bruto y aceptar que durante estos últimos catorce años han apoyado a quienes han hundido más al país y encima acabaron con la dignidad patria al meter en casa a tanto cubano que ahora mete la mano en la nevera de nuestra cocinas.

Aunque muchos piensen que la ceguera popular prevalecerá, el problema podría simplificarse mucho por la sorprendente torpeza demostrada por el candidato Maduro, dándole así más eficacia al trabajo opositor que se despliega en tres frentes: que todos los opositores que votaron por Capriles vuelvan a hacerlo, que lo hagan también quienes se abstuvieron, y que Capriles logre convencer a un montón de chavistas para que reaccionen y le voten por sus propuestas concretas y conocidas, que contrastan con las amenazas de Maduro, que de paso le han encendido las alertas a más de un chavista.

Estos elementos objetivamente pueden voltear la elección a favor de Capriles, porque él tiene una base electoral muy amplia y sólida, que además le es propia, a diferencia de Maduro, que la usurpó el pasado mes de Enero, y que al no gustarle la mala imitación que él hace de su predecesor, podría deshacerse del impostor en cualquier momento.

Esperemos que sea en esta elección y no más adelante por causa de la tragedia que significaría su gobierno.

Hermann Alvino

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