La verdadera guerra


Este 4 de Febrero es una fecha muy importante, pero no por lo que los chavistas festejan, sino porque la Universidad de Leicester confirmó que el esqueleto extraído de las excavaciones realizadas en un pequeño estacionamiento en el centro de dicha ciudad pertenece a Ricardo III, rey en Inglaterra entre 1483 y 1485, cuando pereció combatiendo en la batalla de Bosworth Field, episodio de la llamada Guerra de las Rosas, cual disputa real entre los Plantagenet -siendo Ricardo III el último de sus representantes- y los Tudor.

Nos cuenta Shakespeare -Acto V, Escena IV de su homónima tragedia- que a Ricardo III le hirieron el caballo – “His horse is slain, and all on foot he fights”– quedando a pie para seguir combatiendo, dando lugar así a la frase de leyenda “mi reino por un caballo”, que resultó falsa, porque Ricardo III sí montaba a caballo en su última carga, y casi tuvo éxito antes de ser abatido, porque estuvo a una espada de distancia de su rival Enrique de Tudor, quien sería Enrique VII, padre de Enrique VIII, el que decapitaba sus esposas.

Masacrado y vejado por sus enemigos, su cuerpo terminó en un monasterio de Leicester, cuyas ruinas se sospechaba estaban debajo del parking, y que aparecieron de inmediato al cavar un par de zanjas. Increíblemente también aparecieron los huesos del rey, con la columna vertebral deformada tal y como describen las crónicas, así como heridas en el cráneo que coincidían con un final violento. Lo sensacional fue además una coincidencia del ADN mitocondrial con un descendiente de su hermana Margaret -la 17ª generación- que resultó ser un canadiense artesano de la madera.

Ricardo III siempre tuvo fama de cruel: se dijo que asesinó a su sobrino de 12 años poco antes de que a éste lo coronasen como Eduardo V, heredero de su padre el rey Eduardo IV, muerto tal vez de pulmonía, tifus o envenenado. Cosas de aquellos tiempos. Pero no hay pruebas de nada; lo que sí se sabe es que el matrimonio de Eduardo IV con la madre del chico – Elizabeth Woodville– fue declarado inválido y sus hijos declarados ilegítimos, quedando Ricardo como único aspirante al trono. El joven sobrino simplemente desapareció, junto a su hermano menor. Lo que Shakespeare escribió 107 años después es una maestría propagandística de la dinastía Tudor, al igual que los rostros con los cuales representaban a Ricardo: torvo y jorobado. Pero el rostro reconstruido a partir de una calavera frontalmente intacta mediante las actuales técnicas forenses es muy normal, y la deformación de la columna sugiere una escoliosis más no una joroba; y no tenía hombros asimétricos ni caminar torcido, desperdiciando así el inmenso talento teatral de Laucence Olivier o Kevin Spacey, y el mismo Al Pacino en un film inolvidable, porque el sórdido Ricardo III que representaron no existió, por lo que ahora se refuerza la tesis de que él, además de ser un hermano leal a su rey, fue un buen y justo gobernante: la Historia va apartando la neblina pues.

Al revés pasó con Stalin, o Mao, considerados como buena gente e inmensos manantiales de bien y prosperidad por la propaganda de sus regímenes y por los numerosos tontos útiles del planeta, sean éstos socialistas franceses, italianos, portugueses, suecos o alemanes, para luego descubrir que junto a Hitler -aunque éste ocupe un tercer lugar en la escala- ellos han sido los mayores asesinos de la historia, cosa que todavía no es comprendida a plenitud puesto, que siempre hay alguno que los añora. Por no hablar de la dinastía Kim en Corea del Norte, que tortura y mata, sea de hambre o con instrumentos diseñados para causar inmenso sufrimiento; o de Pol Pot, quien es culpable de 3 millones de muertes, todos muy alabados por los chavistas por cierto, lo cual nos obliga a acercarnos un poco más a lo cotidiano para recordar éstos enaltecen a Muammar Gaddafi, Mugabe, Putin, al hermano Assad, al iraní desquiciado, a Ortega, al mismo Kim y a los Castro, en una permanente operación de propaganda que se viene realizando no solo desde el inicio de este régimen, sino desde hace décadas en toda Latinoamérica, para cambiar la información real de la Historia y su interpretación, por ejemplo cuando nos pintan a un Allende heroico en vez de un incauto traidor que metió a Fidel en las entrañas de su país, cosa que Chavez copiaría 30 años más tarde, a quien igualmente nos lo presentan como un héroe.

Es lo que sucede ahora con el 4 de Febrero, que enaltece a unos desequilibrados mentales, traidores a su juramento como militares, débiles de carácter por sus infancias infelices y sus familias desestructuradas, al punto de buscar -ya adultos o viejos- una paternidad en Fidel, para anclarse a algo en qué creer, y que es compatible con su verdadera naturaleza: la crueldad. Ellos cambian los textos de Historia para que las nuevas generaciones retroalimenten su mentira, causando deformaciones que nunca terminan de diluirse; y si no que le pregunten a los académicos rusos o chinos, y a los mismos socialistas chilenos y cubanos bien intencionados e informados, para comprobar que todos coincidirán en que, al margen del mal y la crueldad, también hubo muchas cosas buenas como legado de esos criminales que los gobernaron.

Eso es justo lo que quieren: dejar la semilla de un legado bueno; y eso es lo que ya empieza a florecer en el subconsciente criollo: que Chávez ha hecho cosas buenas, como eso de disminuir la desigualdad y devolver la dignidad al pueblo. Y por ello también crean el mito del 4 de febrero, cual mentira como aquella del Che como guerrillero heroico, en contraste con su verdadera naturaleza asesina y cínica.

Son mentiras cuyo desmantelamiento no será sencillo y hasta podría tardar décadas; por eso, la oposición no solo tiene el deber de seguir bregando para sacarlos del poder, sino de generar cultura, documentos, informaciones basadas en indicadores ciertos, así como toda evidencia que pueda servir en el futuro para desarticular el mito chavista, y colocarlo en el lugar que se merece junto a los imaginarios propagandísticos que construyeron tantos traidores, ineptos y asesinos, en una misión que no solo consiste en una batalla electoral, sino en una guerra de la memoria, que a Ricardo III le ha llevado 600 años para ganarla (y eso que gobernó solo durante 2 años).

Esperemos no tardar tanto para (re)poner las cosas en su lugar.

Hermann Alvino

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