Ola einai mataiodoxia


La vida es injusta y siempre se lo comprueba cuando uno repasa la historia contemporánea para percatarse que casi todos los más crueles gobernantes han muerto en su cama y con un relativo poco sufrimiento gracias a tanto medicamento paliativo del dolor; y si a éstos añadimos los pocos suicidas -que lo hicieron no por valientes sino más que todo por ser un poco locos- pues la lista de quienes han escapado a la justicia humana está casi completa, quedando solo los pocos ejecutados luego de un largo juicio (Saddam Hussein) o a manos de alguna turba casual con la que se toparon (Mussolini o Ghedafi). A éstos últimos de seguro se le apareció el espanto que les anunciaba que iban a morir de inmediato y de mala manera; y solo por ese susto que deben haber pasado, su muerte debe haber valido la pena, sea mediante juicio o por los golpes de la multitud que se cargó todo vestigio de derecho al estilo espress de la Revolución Francesa. Porque malvados fueron, y de una u otra manera la sociedad se los pudo quitar de encima.

Probablemente en los últimos dos siglos hayamos avanzado mucho en derechos humanos, más no necesariamente en sabiduría, para comprender que cuando por casualidad surge la ocasión, a quienes desde el poder han maltratado, torturado y asesinado a sus congéneres, hay que hacerlos sufrir un poquito, aunque sea concretando una pena capital o de cárcel que los haga sudar de miedo, trabajo y soledad. O tal vez comprender de una vez por todas que los derechos de las víctimas son cualitativamente diferentes a los de sus carniceros.

Pero eso no va a ocurrir, al menos con la concepción que de la Justicia tienen las instituciones de los países medianamente civilizados, puesto que los avances en materia de derechos humanos se aplican a ambos actores de igual forma, por lo que los victimarios y sus abogados recorrerán casi siempre con éxito el laberinto legal que desemboca en diversos recursos, aplazamientos y hasta indultos.

Y como en gran parte del mundo occidental no se está ya por la labor de discutir seriamente la pena de muerte, o la cárcel perpetua, independientemente de si el delincuente es un exgobernante cruel o un violador en masa (hasta los creyentes de las diversas religiones monoteístas olvidan cuantas penas de esa clase se aplicaron en el pasado por parte de sus representantes) solo queda esperar que aparezca más pronto que tarde la muerte natural para tanto desgraciado que ha traído pena a su pueblo, deseándole por una parte que sufra un poquito, pero por otra diciéndole que ha vivido en vano, porque su obra -por decirlo de alguna manera- ni siquiera esperará a que se enfríe su cadáver para comenzar a desmoronarse: ello fue así con el fascismo, el nazismo, el franquismo, la locura camboyana de Pol Pot, la herencia de Stalin, de Mao, de Saddam, Mubarak, Ghedafi, y tantos otros que ya ni se pueden odiar por el pesado manto del olvido que los ha cubierto junto a su obra, sus mausoleos, estatuas, medallitas, panfletos, decretos, órdenes, afiches, manías, instituciones, leyes, comunas, espadas, caballos, banderas, perversiones y chistes del mal gusto. Hasta las finas telas con las que su riqueza malhabida los vestía terminaron pudriéndose pulverizándose junto a su vanidad, descrita en el Eclasiastés y que a muchos en el colegio hasta nos lo enseñaron en griego para que recordemos siempre nuestros límites: ola einai mataiodoxia. Todo es vanidad.

Nada quedará, especialmente porque los malandrines segundones que le sobreviven poco sabrán hacer, y menos mandar, al haber estado tantos años difrazados de focas resblandeciéndose con esas mismas riquezas mientras les crecía la panza.

Y esto es lo que habría que recordarle a cada momento a Chávez: que su vida ha sido en vano; que ello será así tanto si se muere pronto como si lo hace un poco más luego, tanto si sufre como si se atonta por tanta droga que le evita el dolor de esa enfermedad astuta, que siempre termina colándose en la vida para ganar la partida. Que sus años en el poder no han servido para nada, y que sus leyes ignorantes y traidoras a su propio pueblo se las llevará el viento porque que sus compinches saldrán huyendo y los demócratas volverán a reconstruir un país basado en leyes e insituciones decentes.

Probablemente muera en cama, y no sufra mucho, eso solo la Parca lo sabe, pero la rabia de saber que todo su poder es pura vanidad sin continuidad compensará el que se vaya de esta vida liso y sin juicio humano por tantos delitos cometidos.

Lástima que estos argumentos no sirvan para ganar las elecciones para gobernadores. Saber algo de griego seguramente tampoco ayuda mucho.

Hermann Alvino

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