¡Burros!


En estos meses que recuerdan el inicio del boom literario latinoamericano de hace 50 años, no puede pasar desapercibida la transformación de Venezuela en el Macondo de los “100 Años de Soledad” de García Márquez por la gestión chavista de estos 14 años, además de la respectiva transustanciación del Palacio de Miraflores en la casa de los Buendía, morada ejemplar de caos y desorden, donde el tiempo y la gobernanza son conceptos abstractos y fantasmales para el inquilino que la habita, y que ha optado por el único sistema económico que ha fracasado en la Historia: el Marxismo y sus variantes más o menos dictatoriales o totalitarias. Y dentro de éste, su confusión cultural le ha llevado a escoger la peor opción, criticada en su oportunidad hasta por los mismos Lenin y Trotsky por la corrupción que ésta generaba: la comuna.

El Marxismo ha sido un fracaso repetido y permanente al mismo tiempo que relucían los logros del Capitalismo en otras sociedades más afortunadas; durante casi 150 años lo ha intentado todo sin éxito alguno, perdiendo así toda credibilidad, y más aun si encima ha encarcelado, torturado y bloqueado todas las vías de salida de quienes han deseado escapar de la pobreza y desesperanza creadas por la ruina moral y material de los gobernantes que cínicamente lo han adoptado, mientras se apoderaban del poder para expoliar a la gente durante décadas, para enriquecerse grotescamente. En Venezuela ellos ahora están a la vista, como lo estaban en la URSS, o siguen estando en Cuba y Corea del Norte, cual pandilla de ignorantes astutos y asesinos cobardones, que huyen cuando de vez en cuando la Historia los expulsa para consolar a las sociedades que los han sufrido.

En cambio, las crisis y recesiones del Capitalismo siempre son precedidas por décadas de prosperidad, y de ello nos habla el economista Anatole Kaletsky en su libro Capitalismo 4.0, que comienza con lo que él denomina “Capitalismo 1” –el laissez–faire de Adam Smith asociado a la revolución industrial, con una limitadísima presencia del Estado, o si se quiere, del sector público– pasando luego por su agotamiento y la Gran Depresión de los años ’20 y ’30 del siglo pasado –que a su desembocó en el primer gran colapso de Wall Street–, para reconvertirse en el “Capitalismo 2”, encarnado en el New Deal de Roosevelt, con Keynes como padre espiritual, cuando el Estado –recuperando el terreno perdido– comenzó a impregnar todos los rincones de la economía real para producir un crecimiento y prosperidad de posguerra cuya riqueza e innovación hasta permitió llegar a la Luna, para luego a su vez irse ahogando por ese mismo intervencionismo estatal llevado al límite, y terminar colapsando con los coletazos inflacionarios de los años ’70 para renacer como “Capitalismo 3”, en otro ciclo pendular que, bajo la conducción de Reagan y Tratcher y las guías económicas de los cursos de la Universidad de Chicago escritas por Milton Friedman, apartó de nuevo al Estado de la economía real, terminó ganando la Guerra Fría impulsando el mayor crecimiento económico de la Humanidad hasta los inicios de este siglo, hasta terminar de nuevo enredado en sus propias contradicciones por el libertinaje de sus representantes, que aprovecharon el entorno de máxima desregulación para cometer muchísimas estafas y fechorías –aun impunes– junto a otras tantas imprudencias en la concesión de créditos impagables, para así generar una recesión que aun se va turnando por continentes y países.

Ha sido un siglo durante el cual esas tres etapas del capitalismo pudieron a su vez diversificarse en versiones que insistían más en el reparto solidario de la riqueza (Socialdemocracia del Norte de Europa, Economía Social de Mercado en Alemania) o en el individualismo (neoliberales de EEUU o capitalismo esclavista en China), pero todas teniendo claro que antes de repartir solidariamente la riqueza, a ésta primero hay que generarla mediante la iniciativa privada. Durante todo este tiempo ha habido cambios de tercio entre Estado y Sector Privado, como montañas rusas paralelas al columpio de la prosperidad y las recesiones de cada final de ciclo que anunciaban el siguiente renacer, mientras el colapso del Marxismo dejaba una Rusia alcoholizada –que a veces hasta debe pagar a sus maestros con botellas de vodka por falta de fondos–, en contracción demográfica y en manos de mafias y gobernantes que técnicamente, desde el punto de vista de la democracia, son dictadores de facto, al igual que lo son en la mayoría de los estados euroasiáticos que integraban la URSS, o un legado de profunda asfixia social y económica que dio pie a los gobernantes chinos –no precisamente democráticos– para realizar un “vuelvan caras” ideológico, abrazar al capitalismo –extremo, si se quiere– e impulsar a ese país hasta la cima del mundo como la próxima primera potencia económica. Tampoco cabe duda que el marxismo ha provocado la expulsión de Cuba y Corea del Norte del grupo de países civilizados, como también lo está haciendo con Venezuela si no cambian las cosas.

Es cierto que el Capitalismo no es perfecto dados sus abusos sociales y planetarios, que nos recuerdan la necesidad de regular y equilibrar con sensatez, especialmente en estos nuevos tiempos en que las componentes geodinámicas y la biodiversidad de la Tierra están en el límite de lo irreversible. Pero del Capitalismo puede decirse lo mismo que Churchill afirmó sobre la democracia: que es el peor sistema… excluyendo todos los demás, porque como explica Kaletsky, cada impulso del Capitalismo lleva tanto las semillas de su siguiente colapso como las de su inmediato renacimiento, durante el cual se compensa a la humanidad de la anterior crisis ofreciéndole más prosperidad.

Ahora se trata de gobernar inteligentemente al mundo para que de la siguiente  metamorfosis de la economía global pueda surgir un “Capitalismo 4” mucho mejor que su inmediato antecesor.

. Y éste es un problema real de gobernanza planetaria que Chávez ignora por completo, hasta el punto que cuando el resto de países despegue de nuevo, que será muy pronto, Venezuela seguirá siendo Macondo, y él, junto a sus compinches, desde Miraflores, podrá repetir las palabras que dijo José Arcadio Buendía en la casa de familia: “En el mundo están ocurriendo cosas increíbles”… “Ahí mismo, al otro lado del río, hay toda clase de aparatos mágicos, mientras nosotros seguimos viviendo como los burros”.

Justamente pues, eso es lo que son.

Hermann Alvino

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