Cuba imperial


En una historia de ciencia ficción de Isaac Asimov –Preludio a la Fundación-, su protagonista Hari Seldon, del planeta Trantor, predecía el futuro mediante la “psicohistoria”; y curiosamente, acá en el planeta Tierra, desde hace algo más de diez años, Peter Turchin, especialista en ecología de poblaciones, estudia cómo se forman y disuelven los imperios en una suerte de disciplina denominada Cliohistoria (de Clío, la musa griega de la Historia).

El profesor Turchin establece dos ciclos de duración imperial promedio: 220 años desde la antigua Roma hasta 1780, y 50 años hasta hoy; de igual manera, el matemático Samuel Arbesman obtiene un promedio de duración imperial de 220 años basándose en los ciclos de 41 imperios, todos algo disímiles entre ellos.

Probablemente los imperios modernos sean más cortos por la complejidad social creciente, porque hasta hace menos de dos siglos bastaba una fuerza militar de ocupación, unos buenos administradores locales y unos verdaderos comandantes y hombres de estado para que éste durase un buen tiempo; pero luego la difusión y menores costos de la tecnología permitió a regiones colindantes entre sí, e igualmente pobladas, disponer de los mismos recursos para la guerra, por lo que si ya era complicado conquistar o dominar comercialmente otro estado, más lo era mantener ese estatus durante varias décadas.

En contraste con esa definición de duración como ocupación de otro territorio, hay  legados que duran milenios, como las bases del derecho y el latín de Roma, la influencia egipcia en casi todas las religiones actuales, o la presencia del Castellano, el Francés y el Inglés en lo que fueron los antiguos dominios de España, Francia y Gran Bretaña.

Un buen ejemplo de duración relativamente corta ha sido la URSS: 72 años desde la caída del zarismo hasta la del muro de Berlín, pero su legado de autoritarismo aun persiste dentro de la Rusia actual. Por otra parte, la dominación de EEUU lleva unos 67 años -desde el final de la Segunda Guerra Mundial-, y ahora debe convivir con la creciente influencia comercial y geopolítica de China. Amanecerá y veremos.

Los estudios mencionados no incluyen dictaduras, entendiéndose éstas como la dominación de un individuo y su pandilla durante cierto tiempo, mientras se enriquecen a saco sin siquiera pensar en expandir su influencia a otros países, y aunque países como Corea del Norte se hayan convertido en dictaduras hereditarias sin ninguna influencia fuera de su territorio, el caso de Fidel y Raul tampoco debía ser relevante, porque al margen de haber dominado su país por 60 años, solo habían logrado de manera pulsante y sin continuidad influir en varios gobernantes de la región -unos por incautos, otros por cínicos- para que abriesen las puertas de sus países a intensas campañas de marketing “revolucionario” y a operaciones con militares cubanos para ir conquistando ese terreno ajeno. Pero Chávez cambió esa irrelevancia por diez años de dominación cubana real en Venezuela, hasta el punto que no habría que extrañarse si Cuba será incluida en el futuro como integrante de dicho retrospecto imperial.

La maña castrista no hubiese sido suficiente sin el terreno fértil del cinismo e ignorancia chavista, porque si en otros países esa maña fue derrotada por no haber tenido tiempo suficiente para echar raíces sólidas, acá en cambio ha tenido diez años para exportarnos armas, soldados, personal de inteligencia -espías, pues- y miles de civiles disfrazados de “médicos” y “expertos” en administración pública. Tal es la profunda influencia que el castrismo ejerce sobre Chávez junto a la mayoría de quienes lo apoyan.

La estulticia chavista además les ha permitido a los Castro que todo esto le haya salido gratis, gracias a los miles de barriles de petróleo venezolano que diariamente Chávez les regala como si fuese de su propiedad.

El final de esta historia -que no es precisamente de ciencia ficción- es que los Castro pasaron de dominar a 11 millones de cubanos en un país de 109,884 km2 a disponer ahora del destino de casi 40 millones de personas y un territorio de más de un millón de km2, dentro del cual además ya se han producido los inevitables vínculos de parentesco entre invasores y dominados; y quienes votaron por Chávez en Octubre, y votarán por sus candidatos a gobernador en pocas semanas, no tienen idea de lo difícil que será expulsar esos cubanos e impedir que este microimperio cubano dure más de la cuenta para que sea incluido en los registros de la Historia como tal, y no como el producto de una vulgar traición de quien, en vez de defender a su país, lo ha dejado a la suerte de asesinos expoliadores.

Hermann Alvino

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