Hipócritas


La incorporación de Venezuela al Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas es una gran victoria para el chavismo a la par que representa una importante derrota para los derechos humanos. Una vez más se demuestra que al mundo no lo mueven los derechos de las personas sino los intereses de cada grupo gobernante: el petróleo, las riquezas minerales, el comercio de armas, etc., aunque ciertamente de vez en cuando aparezca la democracia para ganar una que otra batalla.

Por supuesto que entre los votos que se sumaron a esta decisión están los mismos que apoyan los regímenes de Cuba, Corea del Norte, Irán o Siria, por lo que a estos países que vieron en Venezuela un representante válido para promover y defender universalmente los derechos humanos podemos dividirlos en dos grupos: por un lado los auténticos, como la China, que descaradamente apoya todas estas barbaridades porque su mismo régimen las comete -y no las oculta-, y por otro lado los hipócritas, como tantas democracias americanas y europeas que ven al chavismo como un bálsamo para la pobreza, aunque con esa misma óptica también admiraron a Gaddafi, o criticaban la prisión de Guantánamo mientras cedían recursos logísticos, aeropuertos y cárceles de sus países para la escala de los aviones con los prisioneros -algunos muy malvados ciertamente, pero otros incautos inocentes- que iban a ese destino.

Son unos hipócritas que tienen casi todos algo en común: le chulean a Chávez las riquezas venezolanas, y que son una amalgama ya vieja de derechas, liberalismos, socialdemocracias o izquierdas progresistas que claman justicia selectivamente de acuerdo a su interés de turno, y solo por mencionar unos casos, frente a las dictaduras de Pinochet, Franco, o Videla, mientras callan y miran para otro lado cuando se trata de las cárceles venezolanas, o aupan cálidamente a los pilotos de Fórmula 1 en el Gran Premio de Bahrein, país éste que liquidó sin misericordia movimientos populares homólogos a los de Túnez y Libia, y que hace pocos días hasta revocó la nacionalidad a 31 de sus ciudadanos por considerar que son un peligro para la seguridad de aquel estado.

Ahora solo falta que Chávez designe a Iris Varela como representante venezolana ante ese consejo. Él es capaz de eso; y ella a su vez podría convertir ese organismo internacional en una gallera.

Hágalo mi Coronel, y cierre así el círculo de la vergüenza y el bochorno con que sus representantes diplomáticos han salpicado nuestro gentilicio en todo el planeta.

Hermann Alvino

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