Elecciones faranduleras


Obama obtuvo 61.939.115 votos en contraste con Romney que alcanzó 58.651.571 votos para una proporción de delegados ante el Colegio Electoral de 332 v/s 206. El voto popular en EEUU no es lo importante, sino los delegados que puedan obtenerse en cada estado, y de éstos los que arrojan más, como California, Texas, Florida, o New York.

Lo anterior es solo un primer nivel para el diseño de la estrategia presidencial; luego viene la táctica para optimizar esfuerzos y resultados en cada segmento poblacional; y en esto los estrategas de Obama tuvieron más tino que los de Romney, tanto en la detección de los grupos clave de votantes –latinos, negros, mujeres, clase media- como en la puesta en práctica de cada operativo para convencerlos y animarlos a votar. Romney contaba con una abstención provocada por el desgaste de Obama, pero ocurrió todo lo contrario. Y salvo los blancos protestantes, el resto votó mayoritariamente por Obama.

Pero detrás de estos resultados se esconde la organización que hizo posible la victoria, en la cual no fueron decisivas las monstruosas cantidades de dinero captado por los candidatos, ni circunstancias como el huracán Sandy, que transtornó el ritmo de campaña y perjudicó más a Rommey al no poder visitar de nuevo estados importantes afectados por dicho huracán ni responder oportunamente a la agresiva propaganda televisiva previamente difundida por el equipo de Obama. El corazón de esa organización estuvo en un cuarto de guerra en Chicago, donde expertos de marketing electoral y estadísticas practicaron durante años una permanente minería de datos para detectar patrones de conducta, gustos, tendencias de consumo, preferencias existenciales, etc.

Estos patrones detectados fueron traducidos a acciones concretas para captar dinero, convencer, y motivar para ir a votar: desde el mensaje televisado dirigido con precisión quirúrgica a determinados segmentos poblacionales hasta las organizaciones locales de operación arrastre para asegurar el voto, armadas con aplicaciones en sus móviles con datos precisos de los votantes conectados a las redes sociales.

La operación arrastre no es relevante desde el punto de vista conceptual, porque acá se trata de gente más o menos normal, que actuando en un entorno de libertades va recordando el compromiso contraído a quienes aun no han ido a votar, y eventualmente buscarlos y trasladarlos. Nada ilegal, ni antiético, ni nada que humille, obligue o veje firmando planillas chavistas para una ayuda económica, o para anotarse para una vivienda que quién sabe cuando vendrá, ni mucho menos alargando el horario de votación para que el arrastre pueda completarse a plenitud. Ni nada de ventajismos presidenciales, al contrario, en este caso el ventajismo, si acaso existió, fue republicano por dos razones: actualmente los gobernadores son de mayoría republicana, y la ley les concede la facultad del diseño de los circuitos electorales en sus estados –se llama Gerrymandering– por lo que algunos se aprovecharon descaradamente de este privilegio para delimitar circuitos a su conveniencia; lo otro fue imponer una identificación con fotografía para comprobar la identidad del votante, documento que no todos tienen en un país donde no existe la cédula de identidad, como por ejemplo aquellos latinos o negros que no tienen carnet de conducir con foto, y con ello impedir que votasen.

Lo que en cambio sí es relevante son los criterios que los técnicos descubrieron para que grupos fundamentales de electores se decantasen por Obama; por ejemplo, sabiendo que lo que más deseaba el segmento femenino entre 40 y 49 años de la Costa Oeste era una cena en Hollywood con el actor George Clooney, y que las mujeres en la costa Este tenían como ídolo de referencia a la actriz Sara Jessica Parker, pues se sortearon  participaciones entre esa población para asistir a actos con esos personajes donde además asistiría Obama, quien terminó ganando con mucha ventaja en ese segmento poblacional.

Claro, que si esas son las referencias para decidir la suerte de la principal potencia del planeta es que las cosas también allá están muy mal, pero por otra parte también ratifica que los motivos de identificación política pasan por lo emocional y no por lo racional, y que esa línea maestra de identificación emocional con un candidato no tiene ninguna posibilidad cuando se enfrenta al ventajismo extremo como en el caso venezolano, donde todas las encuestas serias presentaron a Capriles como el más confiable y cercano a la gente a la par que detectaban una enorme desapego hacia Chávez, que fue compensado ampliamente con el ventajismo chavista que se ha ido refinando durante todos estos años.

Pareciera entonces que la indiferencia al debate político está democráticamente repartida por todo el mundo, mientras que personajes los faranduleros y sus comportamientos banales importan más como correa de transmisión de simpatías hacia un candidato que las ideas que éste pueda tener.

Lo sabíamos. Pero ahora son los candidatos de la oposición quienes deben enterarse, porque parece que en el desierto físico y espiritual que está dejando el chavismo en cada estado, no es el debate lo fundamental, sino la simpatía de “Rosita” y de personajes parecidos lo que prevalecerá.

A practicar pues el “baile del caballo” en un depurado Gangnam Style.

Es la moda ganadora.

Hermann Alvino

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