Comunas con C… de caos.


La Primera Guerra Mundial provocó el colapso de los seis grandes imperios a los cuales gran parte de la humanidad de aquellos tiempos estaba sujeta: el Austrohúngaro, el Otómano, Alemania -condenada además a pagar inmensas cantidades de reparación de guerra, Rusia donde el zarismo quedó liquidado a manos de Lenin, además de Francia y Gran Bretaña, que permanecieron temporalmente más o menos igual mientras se asomaba el futuro poder de EEUU, y luego el de la URSS al terminar la siguiente guerra global.

Luego de dicho colapso, el Occidente de los años ’20 se repartiría en dos grandes áreas políticas: por un lado el fascismo y el leninismo-estalinismo, que impusieron terribles formas de dominación a la población mediante el terror, y por otra parte las democracias, que se abrieron a sus otras capas de población mediante el voto universal. Y entre todos ellos se fueron colando y consolidando selectivamente cuatro escuelas de pensamiento económico: el marxismo, el keynesianismo, el monetarismo y la escuela austríaca.

De estas cuatro corrientes, a Chávez se le antojó afiliarse a la única que ha fracasado: el marxismo, que -según Marx, claro está- se basa en una suerte de determinismo económico que dirige la evolución de la sociedad desde el estado inicial de comunismo primitivo hasta el comunismo final, pasando previamente por la esclavitud, el feudalismo, el capitalismo y el socialismo, teniendo a la lucha de clases como el agente de cambio en cada una de estas etapas de la humanidad. El fracaso de la URSS y el vuelvan caras chino hacia el capitalismo son los testimonios de su fracaso.

En cambio las otras tres escuelas económicas, luego de casi cien años de existencia concreta, y con la propiedad privada como paradigma, han hecho que la humanidad progrese, aunque cada una de ellas haya sido puesta en práctica con defectos, con numerosas variantes de acuerdo a las circunstancias, y por supuesto con los conocidos abusos tales como los ambientales y la corrupción del mundo de las finanzas; pero se supone que para eso están los pueblos democráticos con cierta autoestima: para sacar del poder a quienes toleran esos abusos y elegir a quienes contribuyan al Bien Común.

Pero Chávez, que nunca ha comprendido estas cosas, ahora profundiza su vacío conceptual con eso de las comunas, de las que seguramente se enteró durante algún momento fugaz de los años ’90 entre conspiraciones y visitas a Fidel; y no se trata de las comunas como subdivisiones administrativas -la “comuna” colombiana, el “comune” italiano, el “Gemeninde” alemán, o el “comunne” francés, etc.-, sino obviamente de las comunas marxistas que representarían, en ese delirio teórico de Marx, las estructuras sociales básicas de la primera fase del comunismo, y que se integrarían con representantes “reconocidos” de la “clase obrera”, electos en sufragio universal, que actuarán no solo como órgano parlamentario sino ejecutivo al mismo tiempo, y que podrán ser destituidos de inmediato en cualquier momento.

Con esta opción, Chávez retrocede dos siglos en materia de estabilidad institucional y tres siglos en términos de separación de poderes, lo cual, traducido en términos de complejidad social contemporánea, significará el caos definitivo de gobernanza, porque al desorden que Chávez ha sembrado en el nivel central durante estos catorce años, se le añadirá también el del plano local, y porque dentro del concepto absurdo de esta institución, está el tema de su inviabilidad económica, porque todos sabemos que ni la comuna Tiuna, primer ensayo de esta ocurrencia chavista, ni todas las que vendrán en el futuro, no podrían jamás sustentarse sin el financiamiento central, que de paso es ya lo suficientemente corrupto como para sumarle la específica corrupción comunal que se producirá, y que los mismos Lenin y Trotsky criticaron cuando dicha modalidad social fue implantada en Rusia, lo cual nos ilumina más aun sobre la magnitud de la ignorancia de Chávez, quien no solo escoge el único modelo económico fracasado de la Historia, sino que de éste escoge una organización social que los mismos ejecutores políticos del marxismo habían descartado.

Y pensar que quienes votaron por él no tienen idea ni del despilfarro ni de la corrupción que este proyecto significará para el país, como tampoco sospechan que todo esto, además de hacerlos más pobres, si cabe la expresión, también le dará un moderno y terrible significado a la frase que nos dejó el comediógrafo romano Plauto en su obra “La Comedia de los Asnos”: “Lobo es el hombre para el hombre”. O dicho de otra forma: sálvense quien pueda.

Es lo que viene pues. ¿Cómo evitarlo? ¿Y por qué la oposición no habla de estas cosas?

 Hermann Alvino

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