La desgracia chavista


Por más que Chávez y sus compinches se empeñen en cambiar la historia de Venezuela, todo el mundo sabe que antes de éstos, el país se había orientado claramente a ser una sociedad alineada con los valores de las democracias occidentales, estrategia ésta que le reportaría la modernidad y la prosperidad requerida para estar entre las naciones privilegiadas del mundo, con sus mismos defectos y contradicciones. El hecho de que se topase con políticos demagogos, incapaces y corruptos que desviaron esa trayectoria no empaña en absoluto esa opción que se inició bajo la presidencia de Rómulo Betancourt, sino que nos enseña que, para la próxima vez que se presente la oportunidad de reinsertarse en el curso normal de las democracias prósperas, habrá que proceder con mucha más profundidad en formar en valores y educar en contenidos al ciudadano para que tome decisiones con más fundamento.

Venezuela no es el primer país que se ha deslizado desde la prosperidad creciente hacia el infierno de la clase media y la realidad de lo que llaman “pobreza estructural”; a muchos países les ha sucedido lo mismo, y para muestra se tiene la Argentina, que desde Perón y su populismo estéril, lleva sesenta años intentando conseguir un curso estable de progreso, sin poderlo lograr por el inexplicable fanatismo peronista -que integra las posiciones e ideologías más disímiles- y que impide elegir gente sensata para dirigir a ese país.

Por supuesto que el chavismo, es pródigo en difundir los defectos de las democracias occidentales, y obviamente del capitalismo, en un discurso que capta incautos al mostrar las crecientes desigualdades y los abusos impunes que se están generalizando en el mundo, sin resaltar, claro está, que democracia occidental -parlamentaria o presidencial-, unida a un capitalismo sano, es el menor de los males que como sistemas políticos y sociales ha sufrido la humanidad desde que se tienen registros escritos de la Historia; y solo por referirnos al período posterior a la segunda guerra mundial, es evidente que la desigualdad, el desempleo, y en general la actual crisis global causada por los abusos bancarios y financieros no es nada comparada con lo que deben sufrir los cubanos, los coreanos del Norte, y lo sufrido por todos los países de la URSS.

Ese contraste se debe cuantificar de alguna forma, y para eso están los indicadores de calidad de vida, de desarrollo humano, de salud, educación, corrupción, etc. que los expertos han ido concibiendo con base en diversas metodologías, tanto de captación de datos como de ponderación de cada magnitud, para ir agregándolas y calcular así una cifra final.

El chavismo rechaza los indicadores que en todo el mundo son aceptados para comparar cada país, incluso los de la ONU, utilizando argumentos muy pobres como el que dicha institución, al estar controlada por EEUU, pues dibuja a su conveniencia el estado del mundo. La China misma, tan amiga de Chávez, también rechaza los resultados de los indicadores cuando éstos no les gustan con argumentos igualmente rebuscados como el de la interferencia en sus asuntos internos. Pero ambos sí aceptan los indicadores cuando les conviene, o cuando parte de la izquierda europea los amaña mientras va por el mundo mostrando con gran cinismo unas cifras de excelente calidad de vida venezolanas. o cubanas, gracias a sus respectivas revoluciones.

Pero no hay nada que hacer, porque independientemente de donde vengan los indicadores, y aun suponiendo cierto grado de manipulación, a mediano plazo ninguno puede esconder las realidades de cada sociedad, y por ello, lo que se puede extraerse de los estudios de la ONU, de Transparency International  o de Amnistía Internacional, al final integra un cuadro coherente de cada país, y en el caso venezolano, el deterioro de los indicadores de corrupción, derechos humanos, sistema de justicia, inseguridad personal y crimen organizado, enfermedades, educación, infraestructura, etc. están a la vista.

Para muestra podemos mencionar el estudio anual que en esta materia realiza el Legatum Institute (http://www.li.com/) con indicadores sobre economía, entorno de negocios, gobernanza, educación, salud, seguridad personal, libetades políticas y capital social integrados en lo que denominan “Indice de Prosperidad”. Y lo podemos hacer comparando cada año del último período presidencial de Chávez:

En el año 2007, Venezuela estaba en el puesto 31.

(http://2008.prosperity.com/downloads/2007LegatumProsperityIndex.pdf)

En el año 2008, estaba en el puesto 58, por debajo de República Dominicana o Botswana.

(http://2008.prosperity.com/downloads/2008LegatumPItable.pdf)

En el año 2009 ya andaba por el puesto 74, debajo de casi todos los países de la región, incluídos Jamaica, Nicaragua y …Bolivia, Namibia, Tailandia, Trinidad y Tobago, Túnez, o Sri Lanka. (http://static.latercera.com/200910/559526.pdf)

En el año 2010, subió un puesto, al 75 (http://chartsbin.com/view/egj)

En el año 2011, subió dos puestos más, al 73, pero si lo vemos en perspectiva estaba por debajo de países como Marruecos y Filipinas (http://www.bloomberg.com/news/2011-11-01/norway-denmark-top-2011-prosperity-index-u-s-10th-table-.html)

Pero el en año 2012, vuelve a bajar, esta vez al puesto 80 disputándose el sitio con Namibia, y solo está por encima de los países africanos más pobres.

(http://www.prosperity.com/Default.aspx)

En resumen, el chavismo de los últimos seis años hizo retroceder a Venezuela en 29 puestos en el concierto de las naciones, con lo cual podemos concluir tres cosas:

– Que por más autoestima que se pueda tener, desde afuera nos ven como lo que somos: colegas de pupitre con Namibia, Pakistán, o Zambia;

– Que ni Chávez ni su pandilla han aprendido nada en materia de gobierno durante estos catorce años;

– Que los millones de votos obtenidos por el chavisno demuestran lo falso de ese refrito que siempre repiten como es lo de que el pueblo salva al pueblo.

Al contrario, al pueblo éste, si lo dejan, se hundirá más.

Y ese es justamente el problema. Un problema de la oposición, claro está, en convencerlo de que se puede vivir de otra forma; de que se puede vivir mejor.

Hermann Alvino

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