Capriles se equivoca


En los comités políticos es normal que quien vote por una propuesta, que a la postre resultará derrotada, en la tanda siguiente vote en cambio por la propuesta a la cual se oponía, porque si al final ésta iba a resultar aprobada pues más vale presentarla al resto de la colectividad como producto de la unanimidad, o de una mayoría muy amplia, además de que todos, les guste o no deberán actuar acordes con lo aprobado.

Los partidos siempre han tenido alergia a mostrar divisiones, por eso, cuando se escuchan en rueda de prensa las conclusiones de cualquier comité político, siempre aparece la palabra “unanimidad”; y ello es objeto de escepticismo, con el inmediato efecto de la disminución de credibilidad, que al repetirse durante años se convierte en desencanto y alejamiento ciudadano del hecho político en sí, porque una cosa es decir que uno no está de acuerdo con una propuesta pero acata disciplinada y solidariamente la mayoría, y otro asunto es pasar agachado dentro de dicha mayoría.

Visto desde dentro del partido, esta forma de razonar y actuar colectivamente tiene la obvia ventaja de presentarse unidos, tanto frente a la militancia propia como a los otros partidos y a la ciudadanía en general, pero individualmente hablando, si uno vota por lo que no cree, pues no podrá luego recurrir al “yo lo dije”, si la cosa sale mal.

Y esto es válido tanto para quienes ahora hablan de trampa como para quienes inmediatamente después de las primarias aceptaron sus resultados sin chistar, porque los primeros podían haberlo hecho desde el inicio, como hizo mucha otra gente, y los segundos, al más o menos intuir cuál iba a ser el resultado bien podían haberse retirado antes, como algunos también lo hicieron, o podían haber acentuado las diferencias de visión y estilo de forma mucho más contundente durante la campaña interna. Al final, en una suerte de deformación profesional de quienes practican con buena o mala fé este oficio, todos loaron públicamente la unidad, mientras de forma encapillada algunos comentaban las limitaciones del candidato unitario, y la emboscada electoral que tenía preparada el régimen.

Sinceramente, uno no sabe si éstos últimos votaron por Capriles; pero eso ya no importa tanto como quebrar ahora esa vitrina de falsas solidaridades, para que no haya sorpresas en las próximas elecciones regionales, donde los intereses son muchísimo más concretos y entrecruzados, yendo tanto la oposición como el régimen, divididos en varios lugares.

No es justo entonces, que la gente de buena fé deposite su esperanza en políticos que dicen estar unidos sin estarlo, como no fue justo que se dijera que el sistema electoral montado por el chavismo es -literalmente- perfecto a sabiendas que no es así; ni tampoco es justo que ahora muchos alaben la decisión de Capriles en lanzarse de nuevo a la gobermación de Miranda, cuando en el fondo ellos saben que eso es un error, gane o pierda: porque si gana, alguien le recordará que hubo unas primarias para escoger al candidato de la unidad en dicho estado y que él mismo ha roto ese acuerdo, dando un pésimo ejemplo sobre un valor fundamental para los demócratas como es el relevo dirigencial, y que lo suyo, al final, es terminar siempre acomodado en alguna parte.

Un Capriles reelecto como gobernador comprobará entonces que el este liderazgo nacional que él llegó a tener no tolera vacíos, porque requiere dedicarle todo el tiempo, cosa que no podría hacer como gobernador, porque de eso se trata ¿no?: desempeñarse a tiempo completo en una u otra responsabilidad.

Y si pierde pue se quedará sin chivo y sin mecate, con dos derrotas en menos de tres meses, y con la aureola chamuscada como para seguir liderando un proyecto nacional. Y ya saldrá alguien dentro de la misma oposición, cuando no del chavismo, a recordárselo. Eso es seguro.

Pero lo más duro de todo esto, es que solo con el hecho de haberse lanzado, Capriles habrá desechado el mensaje básico de las primarias en las arrasó para ser elegido candidato: que millones de venezolanos deseaban -y desean- un adalid que los represente y no se detenga en nada mientras combate para sacar al chavismo del poder. Por ello, gane o pierda, al final la oposición terminará perdiéndolo como su abanderado

Lo que debería haber hecho es continuar recorriendo el país para ir construyendo una unidad más sólida, profundizando la cercanía de su imagen y su manera de ser, difundiendo su visión de país y sus propuestas de gobierno, y acumular años de contacto directo con la gente. Y en todo caso, estar preparado para eso que puede suceder, que todos sabemos de qué se trata, para ser alternativa de consenso incluso dentro de una vasta mayoría de votantes chavistas, dado el estilo y la caballerosidad demostrada como adversario, porque bien injusto sería que en un vacío presidencial el consenso se cocine alrededor de alguien que ha estado pasando agachado y que no se haya jugado el pellejo como muchos otros, incluso Capriles.

Seguro que vendrán acontecimientos que sacudirán al país entero, la historia así lo indica, y nos lo recuerda Jesús Petit Da Costa en un post interesantísimo de su blog:

http://jesuspetitdacosta.blogspot.com.es/2012/10/lectura-para-un-dia-de-votacion.html

Por tanto si a corto o mediano plazo hay elecciones otra vez… ¿A quien lanzamos entonces? ¿Qué necesidad había de todo esto que nos obligará a recomenzar todo de nuevo?

Hace poco Capriles declaró que el pueblo venezolano no le ha dado un cheque en blanco a Chávez, pero -hay que decirlo- tampoco te lo ha dado a ti Henrique, para que hagas lo que te plazca sin tener en cuenta lo que piensan esos millones de compatriotas que en ti creyeron.

Hermann Alvino

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Un comentario en “Capriles se equivoca

  1. No creo que a Henrique Capriles le haga daño ocupar ese espacio de poder. Considero que “A TODOS” los que votamos por HCR, nos corresponde hacer campaña los 365 dìas del año y no solo él.

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