El laboratorio europeo (1 de 2)


En noviembre del ‘89 se derrumba el muro de Berlín sobre el podrido sistema soviético, emergiendo triunfante el Occidente reaganiano y tratcheriano con su libre mercado y preferencia por las grandes fortunas y corporaciones, y en abril del ’99 Tony Blair y Gerhard Schröder canonizan la llamada “tercera vía” como instrumento político de avance de los valores socialdemócratas. Tardaron diez años en responder a la nueva realidad global, para terminar apoyando la fluidez del dinero –liberar mercados financieros-, fomentar la competitividad –privatizar la educación, sanidad, y casi todos los servicios públicos-, aumentar la productividad –mayor “flexibilidad laboral”, esto es, despidos más baratos y trabajo a destajo-, y rediseñar el marco impositivo para favorecer al capital. Nada distinto a la ortodoxia de Milton Friedman aplicada en Latinoamérica por la dictadura chilena de Pinochet, o por un México y una Argentina en democracia, generando en algunos casos cierto progreso real, aunque a costa de enormes sacrificios todavía en curso, o el definitivo desbarajuste social cuya reacción fue el (re)nacimiento de corrientes extremas como el chavismo y el sandinismo.
La socialdemocracia asumió dicho modelo sabiendo que siempre le fue ajeno, y por ello no ha parado de retroceder electoralmente, porque los europeos prefieren apoyar a la derecha con su molde original de esta versión del capitalismo.
También CAP II se anotó a esa moda, para que a los pocos días se produjese el “caracazo” y la muerte de AD. El mismo Eduardo Fernández ya había cerrado la posibilidad de ser alternativa al imponer la “tercera vía” en COPEI, colocando su militancia y dirigencia media en un limbo conceptual al defender algo que no podían compartir luego de luchar durante cuarenta años bajo una doctrina muy diferente. Ellos dos entonces activaron el definitivo alejamiento de la población de los partidos dominantes del sistema, y como los venezolanos no son europeos, pues iniciaron una ruptura que desembocaría en el actual régimen -mucho (ex)adeco y (ex)copeyano fue y sigue siendo chapista- previo paso por la desordenada y ñangarona quimera populista de Caldera II.
Así, esta socialdemocracia europea no tiene futuro, por haber sido una administradora más bien mediocre y manirrota, y optar voluntariamente ser rehén conceptual de un capitalismo a ultranza que privatiza las ganancias pero socializa las pérdidas de su irresponsable especulación, y rehén político entre una derecha conceptualmente compacta que aglutina su elector de siempre junto al fundamentalismo católico, el nacionalismo y la xenofobia, y una izquierda de viejos comunistas y movimientos sociales que se abstienen o dispersan su voto.
Pero es cuestión de tiempo para que los electores de esa derecha que gobierna prácticamente en toda Europa, también huyan espantados al comprobar que con esa derecha sus ingresos tampoco llegan a final de mes, al percatarse que los servicios públicos privatizados sin ser mejores ahora son más caros -en parte por una corrupción creciente en profundidad e impunidad-, o al no comprender porqué sigue alto el índice de desempleo, o al sufrir en carne propia la desprotección social, o al sacar cuentas y entender de una vez por todas que parte de lo que ganan se va en reponer las pérdidas de los bancos y en sufragar los bonos de sus ejecutivos tramposos sin que nadie haya sido condenado por engañar y manipular cifras e información, o al ver que no podrán decidir soberanamente para profundizar la defensa global de los derechos humanos ni la protección del ambiente porque China tiene allí enormes inversiones y por ello un poderoso lobby en el corazón mismo de sus gobiernos.
¿Que harán entonces? Hace casi 100 años ese mismo espanto y desesperanza encendió la mecha de dos guerras mundiales, de allí la necesidad de que exista una alternativa válida. ¿Puede haberla?… De eso hablaremos la próxima vez.
Hermann Alvino

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