Como vinieron se irán


Ha sido el peor y más mediocre discurso parlamentario de nuestra historia. Difícil de seguir e imposible de comprender por la confusión conceptual que aliña la ensalada ideológica del actual presidente de la Asamblea Nacional, y que ha elevando el nivel de estulticia política a límites inimaginables. Ciertamente añoramos la elegancia parlamentaria de los discursos de anteriores presidentes de la Cámara de Diputados como Ramón Guillermo Aveledo o José Rodríguez Iturbe, de estilo y contenidos que no habrían desentonado ni en la Cámara de los Comunes del Reino Unido ni en la Asamblea Nacional de Francia. Comparemos pues; el parlamento no es un bar donde montado en una gavera de cerveza se arenga a ciegas, sino un púlpito para orientar dignamente al país.
Pero hay que comprender que aunque en algún lapso de lucidez pueda emerger una idea interesante para la acción de gobierno, la dirigencia del régimen sabe del peligro que correría si llegase a expresarla, ya que si bien dicha idea pueda hoy complacer al jefe, mañana, con sus cambios de humor, podría ser al revés, decretando así la desgracia de su autor. Así pasaba con Stalin en la URSS, donde un día se enaltecía a alguien, y al poco tiempo éste iba a Siberia, o al paredón. Así pasaba en la China de Mao, donde un día se podía estar en la élite y al rato trabajando en un campo de reeducación o como abono de dicho campo luego de un tiro en la nuca. Cosas del comunismo pues, cuyos máximos líderes son caprichosos, tanto como los líderes del nazismo, del fascismo, y de cualquier dictadura.
Por ello, el destino de los hombres-foca es el de las frases hechas con generalidades que siempre sirvan como chicha o limonada para los caprichos del jefe. Y claro, esa mezcla de vacío conceptual con ignorancia, cuando se gobierna, hunden a cualquier país, dejando a la pícara adulancia adueñarse de todo.
El discurso de instalación de la Asamblea quiso además contrabandearnos la falsedad de la inevitable llegada del comunismo luego de unos supuestos niveles de desarrollo y crisis del capitalismo, recordando así al destino manifiesto desarrollado por el fracasado Marx. Y esta idea, repetida impunemente miles de veces, muchos se la podrían creer como en los tiempos del inmisericorde Lenin. Y eso hay que desmontarlo, puesto que esa creencia es el sustrato para la resignación
Señor presidente de la Asamblea, sepa Usted que la Historia, como expresión de la acción humana evoluciona al azar: si el zar Nicolás II hubiese sido más sensato tal vez el socialista moderado Kerensky hubiese controlado la situación y del comunismo hoy nadie hablaría; si el maestro Prieto no se hubiese ido de AD, Caldera no habría ganado, y por supuesto, si éste en su primer período no hubiese optado por la pacificación, algunos dirigentes de este régimen habrían muerto en enfrentamientos con un ejército que sí sabía combatir la insurrección castrista. Y si Caldera II no hubiese procedido con el indulto al golpista vaya Usted a saber donde estarían quienes ahora mortifican a la Patria. La Historia es creación continua de escenarios sujetos a probabilidades que a su vez los transforman en hechos. Su ensalada ideológica no es pues un destino inevitable, como ningún otro esquema social ni filosófico ni ideológico.
Desgraciadamente la libertad o la democracia tampoco son inevitables, puesto que su ascenso y caída dependen de talentos y torpezas humanas azarosamente combinadas. El concepto de inevitabilidad histórica coloca al régimen al lado de los fundamentalistas religiosos cristianos e integristas musulmanes, todos muy alejados de la racionalidad laica y demócrata, la cual, a sabiendas que la Historia a veces se inclina hacia el lado oscuro de la naturaleza humana, nunca se resigna, y siempre está dispuesta a aportar su esfuerzo por la libertad. Y cuando toque, este régimen pasará al olvido.
Hermann Alvino

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